jueves, 17 de mayo de 2007

El aloe vera en la historia

Aunque no ha podido constatarse, lo más probable es que el aloe se
usara ya en la prehistoria. Si consideramos que durante el paleolítico
el hombre basaba su supervivencia en los productos que tomaba de
la naturaleza resulta verosímil pensar que, observando la asombrosa
capacidad de autocuración y cicatrización que posee esta planta,
sintiese el impulso de utilizarla para curar y cicatrizar sus propias
heridas.
Los primeros testimonios fidedignos sobre el conocimiento del aloe
por parte de la Humanidad los encontramos en Egipto. Datan
aproximadamente del 3000 a. de C., son representaciones pictóricas
que adornan algunas tumbas y monumentos funerarios.
Existen dibujos en los que se representa la planta del aloe atribuidos
a un pintor de corte que vivió durante la dinastía del primer
emperador chino, Fu-Hsi, hacia el 2700 a. de C.
La noticia epigráfica más antigua que se conserva sobre el uso
medicinal del aloe vera aparece en unas tablas de arcilla cocida que
proceden de Sumeria, fueron escritas hacia 2100 a. de C. y en ellas
se describen mediante signos cuneiformes las propiedades laxantes
de la planta.
A pesar de que el aloe se cita en textos anteriores, como los códices
del emperador Shon-Nung (hacia el 1800 a. de C.), o algunas tablillas
babilónicas de esa misma época, se considera el papiro Ebers o El
Libro Egipcio de los Remedios ( 1550 a. de C. ) como el primer
compendio médico en el que aparecen fórmulas para la fabricación de
elixires con el zumo de aloe.
Hacia el 700 a. de C., el Ayurveda hindú, también dedicado a la
medicina natural, atribuye al aloe propiedades curativas en dolencias
relacionadas con el hígado y los aparatos digestivo y respiratorio; y
aplicado de forma externa para curar quemaduras, heridas, herpes,
cortes… Sabemos que, además, a partir del siglo VI a. C. se usaba en
la India para acondicionar el cabello y mejorar el aspecto de la piel.
Los hindúes creían que la planta del aloe vera crecía en los jardines
del Edén y la llamaron "la curadora silenciosa ".
Los médicos tradicionales de la antigua China la consideraron como
una de las plantas con mayores propiedades terapéuticas y la
llamaron "el Remedio Armónico ". Entre los códices más antiguos
figura el Libro de las hierbas medicinales, una auténtica enciclopedia
escrita en 10 tomos en la que se aconseja aplicarse aloe como un
eficaz remedio contra quemaduras, esguinces, torceduras, heridas,
picaduras y todo tipo de lesiones externas. Asimismo se recomienda
su ingestión para tratar afecciones renales, hepáticas, digestivas y
como laxante, reconstituyente y tónico general.
En el siglo V a. de C., el griego Hipócrates (460-377 a. de C.), padre
de la medicina moderna, alude en numerosas ocasiones al aloe en su
Canon de Medicina, una gran enciclopedia médica de la que
conservamos algunos tomos. Hipócrates revolucionó la medicina
gracias sobre todo a la modernidad de su ideario, pensaba que “en la
naturaleza había un remedio para cada enfermedad” y que no existía
una dolencia tan grave que no tuviera cura, pues “para grandes
males, grandes remedios”. Hipócrates recoge en sus escritos el uso
del aloe para tratar quemaduras, picaduras de insectos, heridas…
Un siglo más tarde, sin duda inspirado en el canon de Hipócrates,
Teofrasto incluye en su Tratado de las causas de la vegetación todas
estas aplicaciones del aloe vera y añade algunas otras. Algunos
autores sostienen que fue Teofrasto (384-287 a. de C.) quien sugirió
a Aristóteles la conveniencia de aprovisionarse con grandes
cantidades de esta planta para tratar las heridas que las tropas de
Alejandro Magno sufrían durante sus innumerables conquistas. Según
la leyenda, unos de los motivos de su expedición a la India fue
precisamente la conquista de la isla de Socotra, en la costa este
africana, al sur de Arabia. Esta isla era el principal centro de
producción de aloe y la base de todo comercio fenicio con esta planta.
Con la conquista de Socotra, Alejandro Magno se aseguraba una
provisión permanente de aloe para curar las heridas de sus soldados.
Ya en el siglo I de nuestra era, el botánico y médico griego
Dioscórides (41-90 d. de C.) se refiere al aloe en su De materia
medica, atribuyéndole propiedades purgantes, preventivo de
infecciones, fortalecedor del estómago e intestinos, calmante del
dolor y eficaz en el tratamiento de llagas, quemaduras, hemorroides,
cortes, alopecia, ezcemas… Sitúa asimismo el origen de la mayoría de
las especies de aloe en África, distanciandose así de Teofrasto, que lo
creía oriundo del lejano oriente. La obra de Dioscórides ejerció una
enorme influencia en el mundo árabe, donde se difundió
extensamente, gracias a ello el aloe goza hoy de una merecidísima
buena fama en el mundo musulmán.
Al mismo tiempo, en el imperio romano surge la figura de Plinio el
Viejo (23-79 d. de C.), autor de un extenso tratado titulado Naturales
Historia, donde recoge y amplía muchas de las recetas de
Dioscórides. Plinio atribuye al aloe la curación de úlceras, llagas,
quemaduras, heridas…, no obstante, al igual que hizo Heródoto con
algunos episodios de su Historia para los que no tenía fuentes, fabuló
y superpuso supersticiones y creencias mágicas a ideas científicas,
aunque sin abandonar el sentido común ni la casuística, ya que basó
muchos de sus remedios en el ensayo y la observación.
Galeno (129-200 d. de C.) fue el último gran médico de la Antigüedad
que se ocupo del aloe en su obra, Ars Medica, basada en el concepto
hipocrático de que todas las respuestas a las enfermedades humanas
estaban en la naturaleza.
En muchas regiones del sur de África, como el Cabo de Buena
Esperanza, Etiopía y Somalia se usaba el aloe desde tiempos
inmemoriales para lavar el cuerpo y los cabellos. Con lo que
conseguían una eficaz protección contra el sol y un fantástico
repelente de todo tipo de insectos, lo usaban asimismo para eliminar
su olor corporal cuando iban de caza y para curarse todo tipo de
heridas.

Con la llegada del cristianismo, las sagradas escrituras citan de nuevo
el aloe a través de San Juan:

"También fue Nicodemo, el que había ido de noche a ver a Jesús,
llevando unas cien libras de mirra perfumada y áloe. Tomaron el
cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con los aromas, según la
costumbre de enterrar de los judíos." (Jn 19, 39-40)

Aunque el historiador Flavio Josefo (37- 95 d. de C.) aclara en su
obra Antigüedades Judías que ese aloe de la Biblia es una variedad de
agaloco, llamado antiguamente “palo de aloe”, y que usaba en
sahumerios y carpintería:

“…Se lavaba el cuerpo con agua de nardos, incienso, clavo y palo de
aloe, pero no el que resulta de machacar las hojas de la planta, sino
el que procede de la India y los griegos llaman agaloco, de perfume
exquisito…”

A partir del siglo VIII, los árabes, conocedores de las virtudes de esta
planta a través de Dioscórides y a la que llamaban "Lily del desierto ",
la usaban tanto de forma interna como externa.
Durante la Edad Media, y bajo el dominio musulmán, existían en Al-
Andalus grandes plantaciones de aloes, entusiastas propagadores del
uso medicinal del acíbar, que utilizaban a menudo como purgante. A
ellos debemos la difusión del aloe en Europa, y especialmente en
España y la cuenca mediterránea, donde se impuso además como
planta ornamental.
En el siglo X, el filósofo médico persa Avicena (ibn Sina) estudió y
desarrolló remedios elaborados con plantas medicinales, entre ellas el
aloe, del que dice que es especialmente eficaz para tratar las
afecciones oculares y la melancolía (sic).
En el siglo XII el médico italiano Matteo Plateario escribe el Liber de
simplice medicina, uno de los tratados medievales más rico y
detallado sobre las propiedades curativas de plantas y minerales. En
él habla del aloe como una planta mágica que crecía en Babilonia,
desde donde se repartía por todo el mundo a través de sus ríos.
También en el siglo XII, el médico cordobés Averroes, cita el aloe en
su obra médica para tratar algunas dolencias. En esta época Alandalus es el principal foco de cultura y ciencia, de allí proceden
algunos de los mejores médicos de la época (Arib ibn Said, Abulcasis,
Al gafiqi, Isaac… ), y es notable la presencia del aloe en todos los
herbarios.
Durante toda la Edad Media el aloe siguió formando parte del acerbo
cultural, a pesar de que algunos textos grecolatinos se perdieron o
fueron mal traducidos, el aloe se siguió utilizando como tónico
estomacal, purgante, cicatrizante, desinfectante… Se dice que los
templarios tomaban un bebedizo a base de cáñamo, vino de palmera
y pulpa de aloe cocidos al que llamaban “elixir de Jerusalén”, y al que
atribuían su buena salud y su longevidad.
Aunque hasta finales del siglo XV y principios del XVI no se desarrolla
la botánica como una ciencia propiamente dicha, el cultivo de plantas
medicinales está documentado ya en el siglo XIII. El invento de la
imprenta difundió la nueva ciencia por todo el mundo.
También Colón, en sus viajes a América, observó como utilizaban el
aloe en distintas islas del Caribe parar curar ampollas, heridas y
picaduras de insectos:
“Cuatro son los alimentos que resultan indispensables para el
bienestar del hombre: el trigo, la uva, la oliva y el aloe. El primero lo
alimenta, el segundo levanta su ánimo, el tercero le aporta armonía y
el cuarto lo cura” (Cristóbal Colón, 1451-1506).
Esto demuestra que el aloe existía también en el continente
americano y no llegó allí con la conquista, como se ha afirmado
alguna vez. El aloe forma parte de las tradiciones indígenas
americanas, se conocía desde tiempos inmemoriales y tenía una gran
importancia curativa y espiritual, tanto para los indios que habitaban
el centro de México como para la civilización Maya.
Sin embargo, tras la conquista de América, fueron los jesuitas
españoles los que más contribuyeron a su expansión por todo el
continente. Llevaron el conocimiento del aloe a los distintos lugares
de América donde establecían sus misiones. De esta manera
extendieron su cultivo y utilización por todo el continente.
Introdujeron la planta en puerto Rico, en Jamaica y, probablemente,
también en Barbados, de la que procede su nombre científico, Aloe
Barbadensis. Hay también evidencias de que fueron los jesuitas
quienes llevaron el aloe a las Antillas holandesas e incluso a Filipinas.
En el siglo XVI Paracelso se refiere al aloe en su Botánica Oculta de la
siguiente manera: “…misterioso y secreto el aloe, cuyo jugo de oro
cura las quemaduras y los envenenamientos de sangre”.
No obstante, ya sea por la desaparición de la cultura árabe en el viejo
continente, o por lo poco propicio de su clima para cultivar el aloe,
durante el Renacimiento cayó casi en desuso y su consumo se ciñó al
polvo concentrado que, proveniente de los países tropicales, se usaba
como laxante. En Europa el aloe perdió su fama de planta curativa y
en muchos casos sus virtudes se consideraron más un mito que algo
real, pues al utilizar la planta que venía de climas más cálidos esta
llegaba mermada en sus propiedades y apenas tenía efecto. Este
fenómeno fue básicamente Europeo, pues en las costas
mediterráneas, norte de Africa, Medio Oriente, América y la India
siguió cultivándose y usándose profusamente. En dichas zonas podían
utilizarse las hojas frescas y el aloe resultaba realmente efectivo ya
que, debido a su rápida oxidación, debía consumirse rápidamente.
Durante la Segunda Guerra Mundial se redescubrió el valor
terapéutico del aloe y ha sido en nuestros días cuando sus
propiedades se han probado clínicamente.
Curiosamente, el primer logro del aloe en su reconocimiento médico
se produjo cuando aparecieron los primeros aparatos de rayos X.
Gracias a las investigaciones llevadas a cabo por el doctor Collins y su
hijo a partir de 1934 se comprobó la extraordinaria eficacia de esta
planta para curar las quemaduras que los rayos X producían a
pacientes y médicos. A partir de estas investigaciones, que se
prolongaron durante 20 años, el aloe recobró su popularidad y se
recuperaron muchas de las aplicaciones perdidas durante la Edad
Media y el Renacimiento, diversos estudios, principalmente en
Estados Unidos y la antigua URSS demostraron las propiedades
curativas del aloe en dolencias tales como úlceras, eczemas,
quemaduras y un amplio espectro de enfermedades cutáneas. En
1964 Salisbury y Lorezzeti demostraron que el aloe inhibía la acción
de algunas bacterias, como la salmonena o el estafilococo, causantes
entre otras afecciones de los forúnculos o la fiebre tifoidea.
En la década de los sesenta varios médicos americanos demostraron
que el aloe inhibía el desarrollo de gran variedad de microbios
causantes de diversos tipos de infecciones; en Japón se demostraron
sus propiedades antiinflamatorias y en 1970, el farmacéutico Bill
Cotas, consiguió separar la aloína de la corteza y estabilizar el gel
tomado de la hoja añadiéndole vitamina C (ácido ascórbico), vitamina
E (tocoferol) y sorbitol, lo que masificó el uso del aloe y creo una industria asociada a esta planta.

Fuente: www.aloeysalud.com
Autor: Pedro Sánchez Torrente